miércoles, 30 de diciembre de 2015

Ser profesor de inglés entre crucifijos y campos de fresas: reflexiones sobre "Vivir es fácil con los ojos cerrados", de David Trueba

Hacía tiempo que no me sentía tan identificado con un personaje en una película. Posiblemente si la Historia me hubiese querido secuestrar en la España del desarrollismo franquista como el profesor de inglés que ahora soy habría tenido que recurrir a la creatividad de medio pelo de Antonio para motivar a unos alumnos que languidecían de aburrimiento en ese colegio de curas con sotana y mano larga. Un milagro era que pronunciaran de forma tan perfecta la mayoría la letra de Help, convertida en grito y pintada de libertad en medio del crucifijo y el retrato del Caudillo. 
Sin duda alguna es la mejor obra (junto a su novela “Cuatro Amigos”) de un David Trueba que ha aprendido muchísimo de cine (de narrativa ya sabía bastante). Sus encuadres íntimos de jóvenes cuyo futuro está tapiado recuerdan la Italia de los neoreallistas en blanco y negro. Como en blanco y negro era esa España en la que la educación sólo era fácil si cerrabas los ojos tal y como John Lennon sugería. La forma con la que Antonio (ese inolvidable profesor de inglés lleno de una vitalidad tan irreal como los campos de fresas lennonianos) hacía que sus alumnos abrieran los ojos más allá del mundo opresor era a través de las canciones de los Beatles, un elemento cultural extranjero aceptado por las autoridades del régimen.
La película está basada en una historia real, la del profesor Juan Carrión quien fue docente de inglés en Cartagena en los años 60 y que, ante la ausencia de un método estándar para enseñar las lenguas extranjeras, recurría a la imaginación y a la música como motores de esa motivación sin la cual, en palabras del profesor Antonio en la película, un niño no puede aprender. El motivo que llevó a Juan (Antonio en la película) a montarse en un autobús e ir a ver a Lennon al rodaje que estaba llevando a cabo en Almería era sobre todo de índole pedagógico: quería solicitarle al Beatle que incluyeran en lo sucesivo las letras de sus canciones para facilitarle así el trabajo con sus alumnos y que no tuviera que sacarlas él de oído ya que algunas frases quedaban incompletas.
Desde que Juan Carrión fuera uno de los pioneros en introducir la música en las clases de idiomas como motor motivador, muchos de nosotros hemos hecho cosas parecidas ya en épocas más propicias para la innovación y la libertad de cátedra. Muchas de las lecciones que nos deja su personaje en la película siguen estando vigentes como piedras angulares para la clase de inglés. De entre ellas yo destacaría esa fascinación por la cultura contemporánea que es el vehículo imprescindible para hacer de la lengua algo más que un sistema estructurado de significantes a los que siempre hay que encontrarles un significado.    

Reflexiones sobre El Elemento, de Ken Robinson

La primera vez que oí hablar de este libro fue en la edición de SIMO de 2014. Debió de ser en una charla sobre m-learning o de algo parecido. En todo caso, el nombre quedó grabado por primera vez en mis notas y luego se incorporó a mis experiencias ya que un par de meses después vi un vídeo memorable en TED titulado Do schools kill creativity?, uno de unos cuantos que tiene a su nombre Ken Robinson. Desde entonces El Elemento (obra posterior a esta charla, por cierto) había estado en mi lista de lectura que por fin hace unas semanas hice el ánimo de leerla en inglés, como leo todas las cosas que han sido escritas originalmente en esa lengua. En castellano, por supuesto, está traducida y disponible en muchas librerías en línea por un precio casi irrisorio.
El Elemento es una obra sobre cómo encontrar y ayudar a otros a que encuentren la pasión por hacer cosas que se nos dan bien, eso que comúnmente llamamos vocación. La educación es un factor clave en esta obra ya que debería ser uno de los motores que nos ayudaran a encontrar dicho elemento. Desgraciadamente, y tal y como Sir Ken Robinson ilustra en las más de doscientas páginas de su obra, eso dista mucho de ser así por cuanto los sistemas educativos de corte occidental, con su exagerada insistencia en el utilitarismo y pruebas estandarizadas y debido también a su ascendente industrial, la mayor parte de las veces son el principal obstáculo para que los individuos encontremos un equilibrio entre nuestras vidas y nuestra
s pasiones. Robinson no propone interminables reformas educativas como a las que estamos acostumbrados, sino una transformación educativa radical en la que la creatividad sea tan pivotal como la inteligencia lingüística o matemática. En este sentido, de especial relevancia son los últimos capítulos en los que muestra iniciativas reales de escuelas creativas en varias partes del mundo (a destacar las de algunas escuelas del norte de Italia, Liverpool u Oklahoma) cuyos resultados han sido tan asombrosos como escasamente reconocidos en los medios de comunicación generales.
En definitiva, El Elemento es una obra que cualquier profesor que crea en la labor transformadora de la educación debe leer sin falta. Además, que se convierta en lectura obligatoria en muchas facultades de magisterio sería un signo de que los tiempos, como diría Bob Dylan hace más de cincuenta años, por fin están cambiando. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Papel, pantallas y salas de profesores

En los últimos años he tendido a tener poca paciencia con quienes se aferran al papel como parapeto funcional frente a unas nuevas tecnologías que no entienden. Últimamente, sin embargo, y como hago en otras facetas de mi vida, tiendo a adoptar una actitud más comprensiva, y como resultado de la cual me esfuerzo (me cuesta) a ponerme en la piel de quien siguen emborronando cuadernos del profesor como hacía yo en mis comienzos docentes hace ya casi dos décadas.
Es indudable que cuando se entra a una sala de profesores se observan varias divisiones tipológicas. Una de las más significativas es la distingue a los que lo hacemos prácticamente todo en pantallas (¡hasta firmar!) de los que laboriosamente siguen trabajando en aquel invento del eunuco Cai Lun.
La ventaja que tienen las pantallas (y todos los epsilónicos chips que están detrás) para muchos como yo es evidente: más eficiencia, rapidez, muchas más tareas que puedes acometer, sincronización de dispositivos, no tener que depender del objeto físico para poder trabajar, comunicacionabilidad... Teniendo todo esto en cuenta, ¿cómo es posible que todavía una legión de compañeros se aferren a la versión 2.0 del pergamino egipcio para escribir notas, calcular medias (algunos usan la calculadora, sí), apuntar faltas e incluso anotar comportamientos? Más allá de la especulación que aquí acometo, no creo tener la respuesta.
Por un lado, es evidente que el fenómeno de la tecnofobia existe, tal y como Dolors Reig apunta en su libro "Los jóvenes en la era de la hiperconectividad". Es un comportamiento de rechazo frontal o parcial a las máquinas que está emparentado a una visión conservadora de la evolución, y que en los últimos años se ha acentuado por parte de aquellas personas que se sienten en evidencia ante la presencia, no ya de otras formas de trabajar, sino de otros medios donde hacerlo. Los tecnófobos suelen ser beligerantes en sus actitudes y siempre es una mala idea recomendarles que prueben a usar unas tecnologías que para ellos siempre serán nuevas e inexploradas.
Por otra parte, están los inseguros. Son aquellos que son conscientes de que es el trabajo sobre un iPad u ordenador es mucho más eficiente pero mirar a estos aparatos como quien mira a una fiera que es incapaz de domar. Algunos de ellos de hecho alguna vez se han sentido atacados y heridos por la fiera porque recuerdan esa presentación en powerpoint que no les funcionó o esa sesión en la sala de informática que fue un desastre. Su actitud cuando te ven trabajando con tus dispositivos es de cautelosa envidia ya que les gustaría tener tus artes domadoras. Normalmente se muestran dúctiles al consejo tecnológico, aunque reaccionan con pánico si se sienten aturdidos de información.
Por último están los papirofílicos. No rechazan las pantallas ni los teclados. De hecho, los usan con relativa solvencia. Sin embargo, están rodeados de rotuladores de cinco colores y libretas, muchas libretas en las que apuntan, dividen, redactan y hasta comunican. También están ahítos de murales de cartulina y de proyectos de veinte folios grafiados con fotos y tablas de colores. Estamos hablando de amantes del papel como soporte fijo y perenne. Para ellos trabajar sobre el papel es trabajar sobre un medio en el que se sienten seguros.
Porque al final la pantalla y el papel son medios sobre los que (y para los que) trabajar. No hay nada más importante que la seguridad sobre el medio. Tengo la sensación que desde que las pantallas vinieron a rescatarme de la inercia soy mucho mejor profesor ya que las posibilidades de acción sobre mi quehacer docente se han multiplicado. El papel, como medio de comunicación, dista mucho de haber muerto. Es por ello por lo que creo que una acción conjunta entre tecnófilos y papirófilos es necesaria en las escuela con el fin de que nuestro alumnado pueda elegir el medio que mejor se adecúe a su manera de comunicar y estar comunicado. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Herramientas para la curación y recopilación de información

Últimamente he leído mucho sobre un concepto: la información no es igual a conocimiento. De ahí he extraído una conclusión: nunca antes habíamos tenido tanta información y nunca antes habíamos estado tan ahogados en tal marasmo de datos, cifras, nombres, referencias inexactas, fechas confusas, direcciones desacertadas, páginas ilocalizables... en fin, que nunca habíamos tenido tantas dificultades como hoy en día para acceder a la única información que al fin y a la postre le es válida al individuo que no es ni más ni menos que su propio conocimiento. 
Conocimiento es la información procesada que nos sirve para progresar como individuos y como parte de una sociedad. Sin él somos autómatas. En esta selva cibernética en la que estamos inmersos a diario necesitamos herramientas para que el email que vemos por la mañana sobre una noticia que nos resulta interesante no se nos pierda mientras nos encontramos por casualidad por youtube con un vídeo que sabemos que vamos a usar en 4º de la ESO justo antes de que un compañero nos recomiende un blog súper interesante para elaborar proyectos a la vez que alguien por twitter retuitea nosequé página para corregir más ágil. Seguro que muchos de vosotros habéis experimentado alguna vez esta angustia de que la información se amontona porque no tenemos tiempo ni medios recopilatorios para llegar al conocimiento. A mí esa sensación me produce vértigo o directamente angustia dependiendo de cómo haya dormido (si es que lo he hecho) esa noche. 


Hay una herramienta que comencé a usar hace más de un año y que me ha venido de perlas, o para ser más exactos, de perlas en un árbol. Desconozco por qué se llama Pearltrees, pero el caso es que esta herramienta (cuyo plug-in te puedes instalar en tu ordenador para hacerlo todo más ágil) me ha facilitado la curación de información en carpetas que luego se pueden compartir con más gente. Lo bueno de este recurso es que en función de tus intereses se te van recomendando páginas que otros usuarios con tus mismos intereses también incluyen. Hace unos meses publiqué una entrada en Tumblr que titulé Pearltrees y Pinterest, corcheando la diferencia. Por aquel entonces me debatía aún entre una y otra aplicación. Hoy en día no tengo ninguna duda y le doy todo el crédito a Pearltress. Otra gente que conozco usa Flipboard, aunque la utiliza más como revista personalizada que como recopilador de recursos. 
Recientemente, he redescubierto Pocket, que estoy encontrando imprescindible para guardar artículos y recursos a los que en el momento de verlos no los puedes leer o atender. 
Y dentro de las revistas educativas de curación de contenidos, en las que éstos ya han sido seleccionados por otros y se te presentan según tus intereses concretos, mi gran imprescindible es Scoop.it.

Resumiendo, recibo nueva información a través de Scoop.it, la cual si es de mi interés y no puedo leer en ese momento va a Pocket, que una vez leída y si veo que puedo rescatar en algún futuro para algún artículo, referencia, entrada en blog o para mi día a día (en definitiva, para convertirla en mi conocimiento personal), terminar en el perlado árbol de Pearltrees.