domingo, 20 de diciembre de 2015

Papel, pantallas y salas de profesores

En los últimos años he tendido a tener poca paciencia con quienes se aferran al papel como parapeto funcional frente a unas nuevas tecnologías que no entienden. Últimamente, sin embargo, y como hago en otras facetas de mi vida, tiendo a adoptar una actitud más comprensiva, y como resultado de la cual me esfuerzo (me cuesta) a ponerme en la piel de quien siguen emborronando cuadernos del profesor como hacía yo en mis comienzos docentes hace ya casi dos décadas.
Es indudable que cuando se entra a una sala de profesores se observan varias divisiones tipológicas. Una de las más significativas es la distingue a los que lo hacemos prácticamente todo en pantallas (¡hasta firmar!) de los que laboriosamente siguen trabajando en aquel invento del eunuco Cai Lun.
La ventaja que tienen las pantallas (y todos los epsilónicos chips que están detrás) para muchos como yo es evidente: más eficiencia, rapidez, muchas más tareas que puedes acometer, sincronización de dispositivos, no tener que depender del objeto físico para poder trabajar, comunicacionabilidad... Teniendo todo esto en cuenta, ¿cómo es posible que todavía una legión de compañeros se aferren a la versión 2.0 del pergamino egipcio para escribir notas, calcular medias (algunos usan la calculadora, sí), apuntar faltas e incluso anotar comportamientos? Más allá de la especulación que aquí acometo, no creo tener la respuesta.
Por un lado, es evidente que el fenómeno de la tecnofobia existe, tal y como Dolors Reig apunta en su libro "Los jóvenes en la era de la hiperconectividad". Es un comportamiento de rechazo frontal o parcial a las máquinas que está emparentado a una visión conservadora de la evolución, y que en los últimos años se ha acentuado por parte de aquellas personas que se sienten en evidencia ante la presencia, no ya de otras formas de trabajar, sino de otros medios donde hacerlo. Los tecnófobos suelen ser beligerantes en sus actitudes y siempre es una mala idea recomendarles que prueben a usar unas tecnologías que para ellos siempre serán nuevas e inexploradas.
Por otra parte, están los inseguros. Son aquellos que son conscientes de que es el trabajo sobre un iPad u ordenador es mucho más eficiente pero mirar a estos aparatos como quien mira a una fiera que es incapaz de domar. Algunos de ellos de hecho alguna vez se han sentido atacados y heridos por la fiera porque recuerdan esa presentación en powerpoint que no les funcionó o esa sesión en la sala de informática que fue un desastre. Su actitud cuando te ven trabajando con tus dispositivos es de cautelosa envidia ya que les gustaría tener tus artes domadoras. Normalmente se muestran dúctiles al consejo tecnológico, aunque reaccionan con pánico si se sienten aturdidos de información.
Por último están los papirofílicos. No rechazan las pantallas ni los teclados. De hecho, los usan con relativa solvencia. Sin embargo, están rodeados de rotuladores de cinco colores y libretas, muchas libretas en las que apuntan, dividen, redactan y hasta comunican. También están ahítos de murales de cartulina y de proyectos de veinte folios grafiados con fotos y tablas de colores. Estamos hablando de amantes del papel como soporte fijo y perenne. Para ellos trabajar sobre el papel es trabajar sobre un medio en el que se sienten seguros.
Porque al final la pantalla y el papel son medios sobre los que (y para los que) trabajar. No hay nada más importante que la seguridad sobre el medio. Tengo la sensación que desde que las pantallas vinieron a rescatarme de la inercia soy mucho mejor profesor ya que las posibilidades de acción sobre mi quehacer docente se han multiplicado. El papel, como medio de comunicación, dista mucho de haber muerto. Es por ello por lo que creo que una acción conjunta entre tecnófilos y papirófilos es necesaria en las escuela con el fin de que nuestro alumnado pueda elegir el medio que mejor se adecúe a su manera de comunicar y estar comunicado. 

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