He de comenzar esta entrada dándole las gracias a uno de los más asombrosos magos de la educación que he conocido: Javier Caboblanco, que hace cosa de un mes nos deleitó animándonos a animar a leer usando el papel, el material de toda la vida, ese al que incluso los que somos apasionados a la lectura hemos dado parcialmente la espalda en plena era Kindle. Conocido es que en los últimos cursos estoy experimentando una profunda reconversión digital como profesor. Sin embargo, tengo que confesar que el descendiente directo del papiro sigue manteniendo su erótica escolar para buena parte del alumnado.
Por un lado, el papel se puede tocar y transportar inmediatamente. Se puede enseñar, se puede mostrar, se puede exhibir y se puede modular como prácticamente ninguna otra cosa. Tú puedes generar un padlet con la idea de que potencialmente todo el mundo lo va a ver por la red, pero lo que en realidad quieres es que tus compañeros, esos que forman parte de tu entorno más inmediato, lo contemplen, y si es pegado a la pared o encima de una mesa mejor. Me ha llevado unos meses darme cuenta de que lo digital no es un sustituto de lo analógico sino más bien un perfecto complemento. Hay muchos estilos de aprendizaje. Los hay digitales y analógicos. En mi última actividad de animación a la lectura he combinado los dos.
Por un lado, la ficha de lectura de toda la vida la han hecho a través de Google Forms, recurso que recomiendo encarecidamente para cuestionarios en línea o encuestas ya que autogenera resultados de una forma bastante práctica.
Por otro lado, a propósito de las cabriolas papirofléxicas que Javier nos enseñó en el curso Cinturón Negro de Lectura, se me ocurrió otro recurso evaluativo más creativo: la elaboración de un librito resumen (yo lo llamo biombo o Japanese wall en inglés) en el que los alumnos debían plasmar (escribir e ilustrar) básicamente la misma información que ya plasmaron en la ficha de lectura pero de forma más resumida y convirtiendo el final en una serie de preguntas abiertas que animen a futuros lectores a emprender la lectura de ese libro. El resultado ha sido una colección de libritos hechos a partir de una solo folio y cuya dimensión es una octava parte del mismo. Como no soy un experto en papiroflexia, y temía que las instrucciones en vivo y en directo me traicionaran, decidí grabar este vídeo a modo de flipped classroom.
El siguiente paso va a ser exponer todas estas paredes japonesas en clase y después en la biblioteca en un rincón que buscaremos para ello. Una posibilidad es hacer habitaciones con esas paredes y agruparlas por géneros ya que lo que más piden los chavales a la hora de elegir el siguiente libro a leer es que sea de tal o de cual género.
Por un lado, el papel se puede tocar y transportar inmediatamente. Se puede enseñar, se puede mostrar, se puede exhibir y se puede modular como prácticamente ninguna otra cosa. Tú puedes generar un padlet con la idea de que potencialmente todo el mundo lo va a ver por la red, pero lo que en realidad quieres es que tus compañeros, esos que forman parte de tu entorno más inmediato, lo contemplen, y si es pegado a la pared o encima de una mesa mejor. Me ha llevado unos meses darme cuenta de que lo digital no es un sustituto de lo analógico sino más bien un perfecto complemento. Hay muchos estilos de aprendizaje. Los hay digitales y analógicos. En mi última actividad de animación a la lectura he combinado los dos.
Por un lado, la ficha de lectura de toda la vida la han hecho a través de Google Forms, recurso que recomiendo encarecidamente para cuestionarios en línea o encuestas ya que autogenera resultados de una forma bastante práctica.
Por otro lado, a propósito de las cabriolas papirofléxicas que Javier nos enseñó en el curso Cinturón Negro de Lectura, se me ocurrió otro recurso evaluativo más creativo: la elaboración de un librito resumen (yo lo llamo biombo o Japanese wall en inglés) en el que los alumnos debían plasmar (escribir e ilustrar) básicamente la misma información que ya plasmaron en la ficha de lectura pero de forma más resumida y convirtiendo el final en una serie de preguntas abiertas que animen a futuros lectores a emprender la lectura de ese libro. El resultado ha sido una colección de libritos hechos a partir de una solo folio y cuya dimensión es una octava parte del mismo. Como no soy un experto en papiroflexia, y temía que las instrucciones en vivo y en directo me traicionaran, decidí grabar este vídeo a modo de flipped classroom.
El siguiente paso va a ser exponer todas estas paredes japonesas en clase y después en la biblioteca en un rincón que buscaremos para ello. Una posibilidad es hacer habitaciones con esas paredes y agruparlas por géneros ya que lo que más piden los chavales a la hora de elegir el siguiente libro a leer es que sea de tal o de cual género.







