Hacía tiempo que no me sentía tan identificado con un personaje en una película. Posiblemente si la Historia me hubiese querido secuestrar en la España del desarrollismo franquista como el profesor de inglés que ahora soy habría tenido que recurrir a la creatividad de medio pelo de Antonio para motivar a unos alumnos que languidecían de aburrimiento en ese colegio de curas con sotana y mano larga. Un milagro era que pronunciaran de forma tan perfecta la mayoría la letra de Help, convertida en grito y pintada de libertad en medio del crucifijo y el retrato del Caudillo. La película está basada en una historia real, la del profesor Juan Carrión quien fue docente de inglés en Cartagena en los años 60 y que, ante la ausencia de un método estándar para enseñar las lenguas extranjeras, recurría a la imaginación y a la música como motores de esa motivación sin la cual, en palabras del profesor Antonio en la película, un niño no puede aprender. El motivo que llevó a Juan (Antonio en la película) a montarse en un autobús e ir a ver a Lennon al rodaje que estaba llevando a cabo en Almería era sobre todo de índole pedagógico: quería solicitarle al Beatle que incluyeran en lo sucesivo las letras de sus canciones para facilitarle así el trabajo con sus alumnos y que no tuviera que sacarlas él de oído ya que algunas frases quedaban incompletas.
Desde que Juan Carrión fuera uno de los pioneros en introducir la música en las clases de idiomas como motor motivador, muchos de nosotros hemos hecho cosas parecidas ya en épocas más propicias para la innovación y la libertad de cátedra. Muchas de las lecciones que nos deja su personaje en la película siguen estando vigentes como piedras angulares para la clase de inglés. De entre ellas yo destacaría esa fascinación por la cultura contemporánea que es el vehículo imprescindible para hacer de la lengua algo más que un sistema estructurado de significantes a los que siempre hay que encontrarles un significado.











