Recuerdo cuando en 3º de EGB me tocó estar en la clase de D. Antonio de los Reyes. Ese maestro, aparte de ser "de los que no pegaban" tenía fama de hacer cosas un poco raras en sus clases. En vez de estar sentados en filas, los pupitres durante todo el curso escolar estuvieron organizados en grupos y cada mes nos tocaba cambiar tanto de grupo como de compañeros. Creo que había un total de seis y en una pizarra estaban escritos los nombres de los grupos que nosotros mismos poníamos, así como la puntuación que íbamos recogiendo día a día hasta que, al final del mes, un grupo ganaba y recibía bolis y rotuladores de colores por parte de D. Antonio. Recuerdo que algunos de mis grupos se llamaron "La Guerra de las Galaxias", "La Fuga de Logan" o "La Pantera Rosa". Este maestro nos iba dando puntos por cada ejercicio que hacíamos, por cada vez que hacíamos los deberes o como premio por ayudarnos los unos a los otros. Por contra, nos quitaba puntos si llegábamos tarde, nos portábamos mal o no hacíamos las tareas. Este maestro participaba en los primeros años ochenta de dos conceptos que hoy en día están muy en boga: la gamificación y el trabajo colaborativo.
Sin embargo, la razón por la que saco a colación estos recuerdos son por forma en la que el espacio jugaba un papel fundamental en las clases de D. Antonio. La posición de los pupitres con respecto al centro-pizarra era irrelevante ya que lo verdaderamente importante no ocurría en la pizarra, sino en toda la clase, alrededor de la cual el maestro no dejaba de moverse para supervisar nuestras tareas.
Hoy en día uno de los aspectos sobre los que apenas se discute es la disposición de unos pupitres cada vez más envejecidamente incómodos. En mi instituto (mis clases incluidas) la posición es la misma de siempre: la pizarra-altar es el centro incuestionado de la liturgia de la enseñanza. Frente a ella, los pupitres se alinean en filas de uno o dos (especialmente en los niveles bajos de la ESO), o amontonados si es en bachillerato. Ese tipo de disposición varía únicamente en función del comportamiento del alumnado. Si es bueno, continúa tal y como está. Si tiende a ser disruptivo, se les castiga con una separación física. Esta disposición, como he apuntado arriba, casi no se discute.
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| Pupitre modular que permite el movimiento fluido según tipo de actividad |
Una de las consecuencias que la crisis y sus excusas trajeron fue la masificación de las aulas. Donde en 2008 había 20 alumnos por aula en 2012 había 34. Con ese número, y en el misma superficie física no hay espacio para la experimentación. Con caber en clase es ya suficiente. Sin embargo, una de las lógicas consecuencias que tiene repensar la educación teniendo al alumnado como centro es valorar la comodidad de este alumnado y explorar las posibilidades que da el espacio para los distintos tipos de aprendizaje. Una de las causas menos comentadas a nivel mediático del fracaso escolar es el tremendo aburrimiento de los alumnos en clase. Y uno de los factores de ese aburrimiento es esperar siempre lo mismo de un espacio que no acertamos a transformar. Cada tarea es diferente y si la clase consta de cuatro tareas distintas, es de esperar que nuestra disposición física cambie. La disposición clásica pupitre-pizarra (o proyector) sólo tiene sentido en los momentos en los que el profesor está dando una instrucción. En el resto de tareas se echa en falta una mayor movilidad por parte del mobiliario. Los pupitres clásicos no favorecen el mismo ya que son pesados, poco flexibles y hacen mucho ruido al arrastrarse. De la misma forma, se echa de menos otro tipo de mobiliario diferente al pupitre como cojines o alfombras donde poder sentarse para realizar cierto tipo de tareas que exigen reflexión o lectura, y no necesariamente ejecución escrita. Para ello, soy consciente, serían necesarias aulas mucho más grandes de las que hoy en día tenemos o, incluso, trascender de la idea de aula tradicional. El año pasado muchos de nosotros nos sorprendimos de que fueran los jesuitas los que revolucionaran la idea del espacio en la enseñanza con sus aulas abiertas y con sofás.
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| Nuevos espacios para aprender |
En resumen, hay que repensar el espacio como factor clave en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la misma manera que estamos repensando otros factores de nuestra metodología como la incorporación de las TICs, la gamificación, el blended-learning o la clase al revés. Como dice Catlin Tucker, el mobiliario manda un claro mensaje a los estudiantes desde el primer día sobre qué esperamos de ellos. Así que, si queremos enviarles el mensaje de que queremos que sean flexibles, creativos y colaborativos en sus aprendizajes, es necesario que el mobiliario y el espacio también lo sean o, al menos, lo faciliten.


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