En el tren, rumbo a la feria
SIMO de tecnología aplicada a la educación. En las últimas semanas he estado
investigando mucho sobre este tema. En realidad vengo haciéndolo desde que en
abril me presenté a mi fallido examen para ser asesor técnico en el extranjero.
Yo creo que una de las razones (a parte de mi inexperiencia) por las que no
pasé la prueba fue porque no se me preguntó en ningún momento por la
utilización de las tecnologías emergentes. Es curioso cómo una persona que hace
diez años se caracterizaba por pegarle patadas al ordenador las muchas veces
que no me funcionanba como yo pensaba que era debido se ha convertido en un
forofo de las maquinitas y los dispositivos electrónicos en las aulas.
Pienso que el gran cambio de esa
actitud estuvo en 2010. En ese año ocurrieron dos cosas para que mi punto de
vista se relajara: me compré mi primer iMac, sólo una semana después de que
saliera a la venta el primer iPad, que por supuesto no tardé mucho en adquirir.
A pesar de la poca utilización que le di a aquella tableta primeriza (el no
tener 3G nunca dejó de ser un inconveniente) el cacharrito dejó plantada una
semilla en mi forma de otear el horizonte cercano de la educación: una pequeña
pantalla del tamaño de una hoja de un libro iba a ser una superficie
potentísima en la que se iban a multiplicar las posibilidades didácticas de lo
que uno puede hacer en una clase. Creo que fue también por eso año cuando en mi
instituto comenzaron a aparecer los cañones de luz como setas. De repente se
habían convertido en imprescindibles y en pocos meses yo ya no me explicaba
cómo había podido estar desde el año 1996 (año en el que aprobé mis
oposiciones) dependiendo de algo tan decimonónico como una pizarra. De hecho,
las veces que se ha estropeado uno de ellos me ha entrado un pánico escénico
similar a la de un cantante de ópera que sufre una repentina clausura de
laringe antes de un estreno.
Las tabletas replican su
potencial al son que les marcan las aplicaciones. Hoy mi práctica docente
depende de mis apps imprescindibles o de las últimas que haya descubierto y se
encuentren en fase de experimentación. Es imposible contabilizar las apps
educativas que hoy en día existen. Sí es factible, sin embargo, hacer un
pequeño inventario de aquellas que nos facilitan la tarea de transmitir
conocimientos o de gestionar la evaluación de los mismos.
Con mi visita a SIMO pretendo
profundizar en un campo en el que me adentré casi sin querer, pero con la
convicción de que era la única alternativa para una enseñanza efectiva en plena
era de la imagen y la inmediatez. Anclarse a la tiza y a la pizarra nunca me
pareció ni sugerente ni posible dentro de unas expectativas de seguir enseñando
infundiendo entusiasmo. Es por ello por lo que aprovecho ese mismo entusiasmo
para continuar aprendiendo. Porque sin la ilusión de aprender uno no puede
enseñar nada mínimamente valorable.
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